“Lo que está ocurriendo nos pone ante la urgencia de avanzar en una valiente revolución cultural. La ciencia y la tecnología no son neutrales…” (LS, 114)

alabado seas 16-10

El sistema social, político y económico planetario que se impone en la actualidad, tiene un sofisticado aparato cultural y de producción de conocimiento, que es quizás la dimensión más exitosa y la que le permite la fuerza y soporte de su instalación. Dotada de un complejo entramado tecnológico y comunicacional de incidencia planetaria, ha llegado a capturar nuestro deseo y las aspiraciones humanas, doblegándolas al consumo y las cadenas de la deuda. Es así como gran parte de la vida nos queda condenada a generar recursos para la sobrevivencia a través del trabajo, que no podemos arriesgar, reclamando por condiciones menos precarias ya que hemos endeudado nuestro ingreso, seducidos(as) por productos prescindibles.

La transmisión de imágenes y aspiraciones de una cultura funcional a este orden impuesto injusto y desigual, interviene en todas las esferas de nuestras relaciones sociales, construyendo una forma de ser, pensar y sentir que orienta la vida personal y de la comunidad.

La naturaleza es vista como una fuente de recursos necesarios para producir el llamado “progreso” que debe estar al servicio del ser humano, quien se considera el centro y pilar sobre el cual todo lo que nos rodea debe doblegarse.

Por su parte los procesos de comunicación y de producción de conocimiento científico y técnico, están en sintonía con esta maquinaria productiva que genera tanta injusticia social y depredación de la naturaleza. Así por ejemplo vemos una industria farmacéutica principalmente orientada al negocio de fármacos a nivel mundial. En vez de generar mejores condiciones para la vida de las personas, gestiona un mercado de drogas, muchas de las cuales son altamente perjudiciales y costosas.

La cultura oficial que nos invade, nos mantiene ocupados(as) sobreviviendo, llenos(as) de miedos y culpas sobre nosotros(as) mismos(as) y de los otros(as) y no nos deja margen para la posibilidad de pensamiento y acción crítica. Incluso las redes sociales, si bien nos posibilitan encuentros y coordinaciones con otros y otras que no vemos, suponen también el desarrollo de controles de información y acción de las personas y colectivos.

Resistir esta forma de sometimiento y refundar nuevas formas de relación con nosotros y con la naturaleza, supone también tomar conciencia del malestar y precariedad de las actuales condiciones de nuestra vida y reconstruir significados nuevos que permitan la emergencia de un hombre y mujer con una opción decidida por el cuidado del otro(a) y de todo lo que nos rodea. Supone encauzar la reflexión sobre nosotros(as) mismos(as) en comunión con la naturaleza y el cosmos, valorando el conocimiento y reconocimiento de todos los saberes, todas las culturas y todas las ciencias y tecnologías, sostenidas sobre la base de nuevas formas de convivencia respetuosa y al servicio de una sociedad que impida la violencia basada en el sometimiento de poderes opresores como el colonialismo, el patriarcado y el capital.

Colaboración: Adriana Palacios es sícologa, miembro de Amerindia y del Directorio del Centro Ecuménico Diego de Medellín

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