“Las exportaciones de algunas materias primas para satisfacer los mercados en el Norte industrializado han producido daños locales, como la contaminación con mercurio en la minería de oro o con dióxido de azufre en la del cobre” (LS, 51)

alabado seas 12-10

En el contexto de la economía global, a Latinoamérica y a Chile dentro de ella, se le ha impuesto surtir de materias primas, especialmente minerales, al Norte industrializado y a las economías emergentes especialmente de Asia. A este modelo lo denominamos extractivista, y supone la extracción en gran volumen o alta intensidad, de recursos naturales, en el caso de la minería no renovables, cuyo destino es esencialmente la exportación como materias primas sin procesar, o con un procesamiento mínimo (Gudynas 2015). Esto se implementa bajo una lógica de intercambios ecológicos desiguales, “la inequidad no solo afecta individuos, sino a países enteros”, el daño ecológico no entra en la balanza de pagos, pero es evidente y genera una cada vez más creciente Deuda Ecológica (LS,51).

Esto hace, a nuestro parecer, que cuando el papa Francisco se refiere a la inequidad planetaria no puede evitar plantear que “el deterioro del ambiente y el de la sociedad afectan de modo especial a los más débiles del planeta”, asumiendo que el ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos, y por ello es urgente prestar atención a las causas que tienen que ver con la degradación humana y social, integrando la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres. (LS,48,49,51).

La carta Encíclica de SS. Francisco (LS,51), observa que este modelo ha producido daños locales, especialmente en contaminación con sustancias tóxicas generada por la minería, pero también hace alusión al doble de discurso de empresas transnacionales que hacen en nuestros países lo que no pueden hacer en los países de origen de sus capitales, y nos dejan grandes pasivos humanos y ambientales.

Esto, en el caso de Chile, es esclarecedor. La minería se expande agresivamente a partir de comienzos de los años 90, presentada como una minería moderna, con nuevas tecnologías a base de sustancias químicas (Cianuro, Acido Sulfúrico, otros) que permiten explotaciones en territorios antes impensados. Lo que no dicen, es que estas tecnologías son poderosamente contaminantes, requieren explotar mayores volúmenes de roca, usar mayores cantidades de agua, mayores cantidades de energía, mayores insumos químicos, generar mayor cantidad de desechos tóxicos y cada día con menos fuerza laboral. Con ese discurso falseado, desde el año 90 multiplicamos la producción de Cobre un poco más de tres veces (alcanzamos 5,6 millones de toneladas), con una calidad de mineral cada día va decayendo. Esto significa que se  producen diariamente en Chile más de 1,5 millones de toneladas de relaves y más de 2 millones de toneladas de estéril (drenaje ácido). La situación es tan demencial, que tras estas cifras encontramos cuencas sobreexplotados hasta en 5 veces su capacidad, multiplicación de las zonas de sacrificio por contaminación para producir energía, casos crecientes de contaminación de agua y suelos, aumento de los procesos de desertificación y de la migración forzada. En definitiva impactos locales (y globales como el trastorno climático), que derivan en malestar social expresado en conflictos socioambientales, en los que los territorios defienden sus formas de vida y sus derechos, frente a la obsecuencia y la miopía de los gobiernos de turno.

La materialidad del extractivismo es siempre local, pero está determinada por factores globales, que nos ponen el desafío y la necesidad de actuar en distintos niveles en función de “cambiar el modelo de desarrollo global”. Creemos que esa comprensión, es la que motiva a SS Francisco a integrar estos temas en su encíclica, actuando desde donde está… el reto entonces, tanto para creyentes como para no creyentes, es definir dónde estamos cada uno y qué podemos hacer desde ahí para cambiar el actual estado de cosas que pone en jaque la vida misma.

Colaboración: Lucio Cuenca Berger. Director del Observatorio Latinoamericano de Conflictos Ambientales – OLCA

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