“…cuando el corazón está au­ténticamente abierto a una comunión universal, nada ni nadie está excluido de esa fraternidad” (LS, 92)

alabado seas 02-10

Hace unos días hemos visto a través de diversos medios como un hombre agresivamente intentó sacar a una mujer, asesora del hogar, del ascensor y expulsó violentamente a la perrita que la acompañaba. Todos y todas expresamos nuestro repudio e indignación ante el hecho, pero como otras situaciones violentas que hemos vivido, seguramente quedará en el olvido. Y quizás éste hecho sólo vuelva a reafirmar que el corazón es uno solo, y la misma agresividad que lleva a maltratar a un animal no tarda en manifestarse en la agresividad que excluye y margina a tantos seres vivos de la Casa común

Por esta razón, en los actuales desafíos de reconstruir el tejido social en nuestro país, estamos obligados y obligadas a profundizar e intensificar la comunión con la creación. Interpela Francisco “nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos”, esta dura realidad es sufrida por todos y todas, algunas y algunos quizás con indiferencia, otros con pesimismo y otras-otros con la pasión que nace del amor que no se resigna, y busca caminos de solución.

Pero, ¿por dónde empezar? O mejor aún ¿podemos actuar de una manera diferente?, o ¿Cuándo asumiremos, no sólo en el discurso sino en la praxis, que la crisis ecológica es una crisis ética? Porque parece que no basta con reconocer la integridad de la creación y que somos una red de relaciones entre todos los seres vivos. Aun sabiéndolo seguimos empeñados en la destrucción generalizada de la creación. Parecería que necesitamos una verdadera y profunda transformación del corazón.

Una transformación que nos impulse a privilegiar el bien común por sobre el individual, que la preocupación por la justicia sea la otra cara de la capacidad de amar, que la reconciliación sea la llave que permita el reencuentro entre todo lo creado.

Cultivar un corazón unificado y abierto a la comunión universal, sea quizás la mayor tarea que estamos llamadas y llamados a emprender como humanidad. Necesitamos asumir el compromiso de luchar por garantizar que todos los seres vivos tengan un lugar en la Casa común, de manera que nadie ni nada se sienta excluido o desprotegido, porque reconocemos la mutua interdependencia capaz de recrear las relaciones que se han ido deteriorando e incluso rompiendo a lo largo de los siglos.

En Chile somos testigos, y sufrimos esta ruptura de relaciones, nos estamos acostumbrando a involucrarnos virtualmente con nuestras opiniones, pero que difícil se está volviendo el encuentro cara a cara con ese otro u otra, que también quiere un espacio en esta sociedad, que reclama que lo reconozcamos como interlocutor válido. Más difícil se hace, creo, porque plantear que empezar a retejer o reconstruir los vínculos entre todos los seres vivos, implica comenzar por transformar el corazón, y esta propuesta puede ser tildada de “ilusa” incluso “media ingenua”, pero si realmente queremos detener el deterioro creciente de nuestro planeta y de quienes habitamos en él, tendremos que asumir el desafío ético de la crisis, que es un llamado a cultivar “un corazón abierto a la comunión universal”.

Colaboración: Adriana Curaqueo, Coordinadora Centro Misionero de San Columbano.

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